<<La aplicación intravenosa de vitamina C a altas dosis destruye las células cancerosas en cualquier lugar del organismo sin producir efectos secundarios. Así lo indican trabajos de investigación perfectamente documentados. Eso sí, su aplicación debe hacerse a través de goteo y nunca inyectarla en vena o intramuscularmente. Y debe hacerse de forma progresiva para no producir reacciones adversas. La dosis inicial recomendada es de 15 gramos diarios. Al parecer la vitamina C actúa contra las células cancerosas al provocar la producción de peróxido de hidrógeno siendo éste el que se ocupa de destruirlas mediante la generación de radicales libres. Claro que ni el producto ni la terapia son patentables y el método es demasiado barato. Y a ningún gran laboratorio le interesa por tanto que se sepa. Se lo contamos en detalle.>>
Extraído de Discovery DSalud
Aunque en según que situaciones pueda ser más difícil obtener pruebas
claras que posibiliten el consenso, en casos como éste se demuestra que, muchas veces, el problema no está tanto en obtener datos fiables, sino en ser lo suficientemente humilde y sincero como para abrir ojos y oídos a la evidencia. Ante casos así me pregunto qué pretende la medicina actual. Parece que se haya convertido en una lucha por obtener la patente de la salud. Parece que, más que pretender la sanación del paciente, se utilice su enfermedad como medio para mantenerlo dependiente y así perpetuar la propia subsistencia. En definitiva, parece que se haya convertido en un negocio que utiliza el miedo y desconocimiento con el objeto de propagar su criterio como el único válido. Lo parece... ¿Os suena de algo?
De manera análoga a lo que las religiones oficiales han hecho, y teniendo en cuenta que en estos tiempos la ciencia parece haber tomado su lugar en materia de fe, la medicina oficial parece estarnos diciendo: "fuera de la medicina no hay salud." Quizás no explícitamente, pero sí de manera implícita y, desde luego, con esa intención subyacente. Las políticas farmacéuticas lo evidencian. Esto mismo es extensible a la psicología, psiquiatría y a toda la ciencia académica en general. El planteamiento es análogo al que afirma que "fuera de la Iglesia no hay salvación." Ambos nacen del intento por mantener a la gente en una actitud sumisa y
dependiente. Se niega en ambos casos la capacidad del ser humano para ser su propio guía. Se intenta mantenerlo en una actitud de desentendimiento, forzándolo para que delege su responsabilidad y deposite su confianza en algo externo creyendo que le proporcionará seguridad.
En el campo de la medicina oficial -la medicina alopática nacida en Occidente- este hecho se refleja en la filosofía que utiliza, centrada en paliar los síntomas de la enfermedad antes que en posibilitar que el paciente comprenda sus raíces. Es decir, tratando a la enfermedad como enemiga y no como la aliada que es, olvidando que viene a ayudarnos aportándonos un mensaje indicativo de algún desequilibrio interno. Cuando el objetivo es eliminar o aliviar los síntomas se consigue sólo podar una rama o manifestación del desequilibrio dejando intacta la raíz, además de impedir actuar al cuerpo al frenar sus mecanismos de defensa natural. Mientras tanto, el conflicto continúa intacto a la espera de ser disuelto. Así se consigue perpetuar el problema y, con él, la dependencia del paciente. Esta dependencia impide que la persona se atreva a tomar las riendas de su propia vida y sanación. Se le niega la capacidad inmensa de autosanación que tiene al ser humano y se olvidan por ejemplo los principios del padre de la medicina, Hipócrates, según el cual ésta consistiría en el arte de desobstruir los canales que impiden que la Naturaleza actúe en el paciente.
Y es en esto -en la sanación entendida como arte- donde se abre la mayor brecha con respecto a la medicina moderna. El arte de sanar auténtico entiende que el paciente y su sanación son mucho más importantes que la medicina y el sanador, valora las circunstancias únicas de cada ser humano e, intentando comprenderlas, aplica el tratamiento único, específico y personal que cada uno requiere, sabiendo que no hay dos casos iguales, como tampoco hay dos personas iguales. Sabe reconocer y apreciar en cada ser humano a un universo único y misterioso. Se aleja así de la aplicación de la fórmula racional fija y mecanicista y, actuando desde la compasión, comprende con toda humildad que es sólo un canal que se encuentra totalmente al servicio del paciente, sin albergar interés propio. Es éste el que finalmente decide sanarse haciéndose responsable y cogiendo las riendas de su enfermedad, mientras que el sanador sólo dispone los elementos para que la misma Naturaleza actúe. No persigue la autoimportancia. Se olvida de sí mismo y se entrega humildemente a la obra, como todo artista auténtico.
Estos principios están más o menos presentes en otras concepciones de la medicina, como por ejemplo la china, la ayurvédica, la homeopática, la naturópata... Todas ellas tienen a priori como principal objetivo la prevención, entendiendo que si aparece la enfermedad es porque algo se ha hecho mal. Para ello, se busca promover la calidad de vida en lugar de ir subsistiendo curando síntomas a base de atacar al cuerpo. Esta actitud contempla a la enfermedad como aliada, viendo así en la Naturaleza a una maestra amiga en la que confiar y a la que dejar actuar y no a una enemiga amenazante a la que combatir.
Os recomiendo que leáis esta entrevista, donde se trata el tema de forma magnífica y muy iluminadora.
El siguiente fragmento está extraído de Linoflax:
<<En el año 460(A.C) nació, en la isla griega de Kos el fundador del primer sistema médico, HIPÓCRATES. Hipócrates falleció a la avanzada edad de 107 años[...]
[...]Para Hipócrates, la salud es el estado de armonía perfecto de fuerzas en su equilibrio. La enfermedad es la encargada de restablecer el equilibrio perturbado; es, pues, una reacción de conservación. Salud y enfermedad son dos funciones que tienen el mismo objetivo, la conservación de la vida[...]
[...] El médico, decía Hipócrates, no cura las enfermedades. Su papel debe ser el de intérprete y servidor de la Naturaleza. Es ésta -Natura Medicatrix- la que lleva a cabo las curaciones; la medicina no hace más que ayudarla, y sólo así cura. En sus obras, Hipócrates explica el fundamento de la enfermedad y la salud, que la ciencia moderna sólo empieza a descubrir. Por ejemplo, decía: "Dadme la fiebre y curaré cualquier enfermedad". Después de haber sido largo tiempo combatida como una enemiga, hoy la fiebre es oficialmente reconocida como un proceso de autodefensa del organismo.
Para Hipócrates, el cuerpo es un todo armónico cuyas partes están en mutua interdependencia y cuyos actos son solidarios unos con otros. Las diferentes partes del cuerpo, decía, cualquiera que sea la localización primitiva del mal, se lo comunican una a otra. ¿No es esta la teoría de las enfermedades reflejas, de la reflexoterapia, de la osteopatía, de la acupuntura e incluso de la iridología? Alexis Carrel, en su maravillosa obra "La incógnita del hombre", dice que éste no puede separarse en partes. Si se aislaran sus órganos, unos de otros, el hombre dejaría de
existir. Y todavía añade que el hombre es una magnífica máquina en la que cada pieza es indispensable para su total funcionamiento[...]
[...] Hipócrates, conocido como "Padre de la Medicina", es el verdadero fundador de un principio, de una doctrina médica filosófica naturista y humanista que jamás ha dejado de existir hasta nuestros días, a pesar de todas las tentativas de la medicina oficial para destruirla. Al practicar la naturoterapia no se hace otra cosa que poner en valor los trabajos de Hipócrates, que han sobrevivido a través de los siglos.>>
Los mismos principios autoritarios son extensibles a otros campos como la política, la psicología, la educación... En todos los ámbitos delegamos nuestra responsabilidad confiando en la sabiduría de algún otro. Carecemos pues de auténtica libertad para observar e indagar libremente más allá de los convenios establecidos. Libertad para negar todo y ver por uno mismo qué hay de verdad en lo que todo el mundo, incluidos nosotros mismos, damos por hecho.