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:: Mutantes ::

La alquimia cotidiana

Archivado en General • Fecha: 13-07-2007 16:50:04

Para mí no existen élites ni elegidos, sino el que sabe escuchar donde quiera que sea: nunca desprecies a nadie, entrega belleza por donde quiera que pases sin esperar nada a cambio y embellecerás el mundo, me digo a mí mismo a menudo. ¿Por qué no responder con belleza a los ladridos feroces y devastadores del mundo, a las agresiones, cláxones, injurias, guerras, escupitajos, a la decadencia? A esa bestia feroz que está dispuesta a saltarnos encima en cualquier momento del día, detengámosla con un espejo que le muestre su propia belleza: no encontraremos un arma tan poderosa como ésa. Y, con infinito amor, podremos extenderle la mano como si de ella manara una fuente de autenticidad para que colme su olvidada sed de despertar. Así, habremos comenzado a educarla con toda paciencia. Después, quizás aprenda a descubrirse a sí misma. Porque a cada quien le toca hacer su labor. Y un día se mirará al espejo y descubrirá que debajo de la bestia se escondía un arcángel. <<Lo que importa -decía Shibayama Roshi refiriéndose al despertar- es hacerlo uno mismo.>>[...]

[...]Los seres humanos estamos hechos del mismo material del que se tejen los sueños: nuestra humilde vida está rodeada de ellos, decía William Shakespeare -y cuán cierto puede llegar a ser-. Pretender que el mundo es independiente de los ojos que lo ven, que uno no participa en su configuración, equivale a vernos como sujetos pasivos de la creación y nos impide enfocar la realidad de una manera dinámica, creativa, espiritual y alegre. No somos unos autómatas genéticos, víctimas de las herencias de nuestros antepasados. Somos cocreadores de nuestras vidas y de nuestra biología, que moldeamos a través de nuestras ideas. A la imaginación se la ha denominado fantasía, mutilando esta visión mágica y transformadora de la realidad: nuestra condición de alquimistas cotidianos. Con ello, hemos provocado la agonía de nuestra visión original del mundo, concreta e imaginaria, fusionada en una sola voz. Ésa es la percepción que existía en las antiguas civilizaciones como la de los aborígenes australianos, convencidos de que la fuente última de la mente se encuentra en la realidad trascendente del tiempo del sueño.

Intentar definir el mundo es, por una parte, una labor de titánica y luminosa exploración; pero también nace del inmenso terror a morir que tiene el ego racional. La excesiva racionalidad es una forma de tratar de inmortalizarlo. Pero el sueño nos enseña que la realidad no es permanente: muta a cada instante. En ella nada es fijo, aunque lo aparente. Los magos renancentistas lo sabían y tampoco hacían distinciones entre la realidad y la imaginación: consideraban la vida como un sueño lúcido sobre el cual podían actuar. O uno padece la vida como en un sueño dormido o, como en el sueño lúcido, se convierte en mago de sus sensaciones y estados. Si para mi mente el mundo interior y el mundo externo eran uno, iba a hacer de mí mismo un paraíso: me negué a aceptar una realidad cien por cien literal, moribunda y deprimente. El hecho de impregnar al mundo con mi imaginación me llevó a dejar de generalizar. Aprendí a vivir un cotidiano repleto de detalles y a ver cada detalle como único, en un vaivén entre lo que se absorbe y se retorna mutado. <<Tomar y devolver lo que se ha cosechado, ésta es la vida del mundo>>, decía un chamán dogón.

Durante años miré el mundo con el intelecto, tratando de focalizarlo dentro del marco en el que me lo presentaban los periódicos, las noticias, los libros de historia, de ciencia, las fotografías... Al aceptar la común imagen fija que nos une, me fundía en la seguridad de mi tribu humana y me sentía seguro viendo lo mismo que todo el mundo: eso es lo que llamo vivir un sueño dormido. Pero al regar la realidad con imaginación, me impedí perder mi tiempo en criticar y creé un reflejo de continuo don en mí. Si no podía transformar el mundo con mis limitados medios materiales, lo haría en mi imaginación: cada vez que estreché una mano inyecté litros de alegría. Cuando entablé una conversación, mi aliento se convirtió en un flujo de paz. ¿Quién podía impedir esta forma de terrorismo de la bondad? Me dirán que soy un megalómano, pero prefiero dar lo mejor de mí antes que escupirle mi negatividad al mundo. Así es como comencé a desarrollar mis propias técnicas para lograr
soñar de día y de noche cosas hermosas que transformaran el mundo.

Extraído de El collar del tigre, de Cristóbal Jodorowsky

Escrito por Rubén
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