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El guerrero espiritual

Archivado en General • Fecha: 09-06-2007 16:49:44

El guerrero espiritual emprende la conquista de uno mismo. Sabe que más importante que la conquista de mil guerreros en mil batallas es la conquista de uno mismo. Pone todas sus energías al servicio de la consciencia para ampliarla, acrecentarla, elevarla. El arte de la guerra espiritual se pierde en la noche de los tiempos. El guerrero espiritual es aquél que realiza con presteza y diligencia un trabajo sobre sí mismo a fin de relacionarse cuerdamente con la realidad visible, penetrarla y hallar la más alta inspiración en la realidad invisible; aquél que se rebela contra sus condicionamientos y aspira a lo Acondicionado, lo inmensurable, aprovechando cualquier situación, circunstancia o momento para estimular sus potenciales internos y cultivar su semilla de iluminación, instrumentando incluso lo aparentemente negativo y adverso para autodesarrollarse; aquel que, consciente de que la muerte siempre está cerca y siempre la muerte es hoy, no se extravía en la negligencia y, paciente y perseverante, concede todo su peso específico a cada segundo de vida para ponerlo al servicio de la búsqueda interior y la realización. Es siempre aspirante a formar parte de la corriente de consciencia despierta.

La conquista de uno mismo y la consecución de la libertad interna representan el propósito esencial del guerrero espiritual. Le proporciona así un especial significado a la existencia, que comienza a contar y tener su propio peso específico segundo a segundo, momento a momento.

Para alcanzar la libertad interior y completar la conquista de uno mismo y la evolución consciente, el guerrero espiritual instrumentaliza toda actividad, circunstancia y situación para crecer, elevar la consciencia, desarrollar la comprensión lúcida y disponerse a ser tocado por la Sabiduría. Así da la bienvenida a todo lo que se presenta en su camino existencial, por doloroso que resulte. Nada en sí mismo es un obstáculo si se convierte en soporte de realización.

Cultiva su temple. Es a la vez recio y manso, controlado y fluido. No descuida la actitud de coraje, enfrentando miedos y temores. Aprecia la destreza y bruñe su carácter de guerrero con la meditación, la verdadera motivación y la apertura a la corriente de energía despierta. Aprende a navegar en el nivel de lo cotidiano y en el de lo supracotidiano.

Desconfía del ocio y no se entrega a la indolencia. Está presto. Se adentra. Siempre preparado para la autoconquista. Pero jamás es rígido ni compulsivo. Jamás es más indulgente consigo mismo que con los otros. Es su propio desafío y su propio reto. La apatía no tiene hueco en su ánimo. No cede a los achaques de la negligencia. Preserva el filo del discernimiento y sabe que la sabiduría se gana y no se adquiere gratuitamente. Así no deja que su voluntad se agriete.

Si algo valora el guerrero por encima de todo es la paz interior. Nada es superior a un destello de auténtica paz. Pero esa paz es una lucha sin tregua contra los ardides del propio ego. Se gana con dolor y el guerrero espiritual sabe bien que no es patrimonio de los débiles y es por ello que aun en su propia debilidad encuentra fortaleza. Aprende a obtener ventaja hasta de lo más desventajoso. Transforma el veneno en néctar.

El ánimo siempre vivo, renovado, aunque las heridas sean profundas y largas como un río. Del fracaso hace una enseñanza; de la derrota, una victoria; de la pérdida, una lección de ecuanimidad. Un ánimo vital, pero sosegado. Un ánimo que se mantiene incluso ante la muerte y le permite reconciliarse con ella con elegancia y lucidez. Ése es el ánimo que le permite superar la angustia que atenaza a todo ser humano en situaciones especialmente difíciles. El guerrero procede como si esa angustia no se presentase..., aunque se presente.

El guerrero espiritual se sirve de todos sus recursos para completar la conquista de sí mismo. Sabe abandonarse lo suficiente, pero nunca se abandona en demasía. Espera sin esperar. Cree en todo sin creer en nada. Es una paradoja viviente, porque la vida misma es la gran paradoja por la que él transita. Asume, pero no desfallece. Se retira a su intimidad abismal cuando es necesario. A veces es asaltado por la inmensa soledad de todo guerrero, pero es la batalla que mejor sabe librar. Soledad sí, pero no desvalimiento. Hay sabor de plenitud e infinitud en la desenfrenada soledad del ser humano. El guerrero se alimenta con ese sabor.

El guerrero es un explorador de toda posibilidad, toda experiencia, todo itinerario. Su curiosidad es muy viva, aunque no compulsiva. De todo aprende, a todo le saca su inspiración. Se sabe instrumento de un poder cósmico y confía en su energía de criatura viviente. Si sus fuerzas están a punto de agotarse, se refugia en la cueva de su corazón. Recupera el espíritu del guerrero, es su mayor tesoro, su más espléndida riqueza.

Toma la vida como un maestro. Enfrenta las situaciones de la vida desde una simplicidad que le permite aprender. No gusta del artificio ni de la presuntuosidad. Habla de corazón a corazón y sabe que tiene en común con todos los seres que sienten del mundo la Sabiduría que brota de la Fuente Primordial. La intrepidez del guerrero espiritual consiste en abrirse, no en parapetarse ni mucho menos atrincherarse. Procede con precisión en la urgencia del momento.

No crea resistencia. Está. No se sirve de componendas. Es. Desarrolla un gran sentido del humor, pero jamás juega con la Enseñanza. Nada de autoengaño, nada de subterfugios. Examina sus propias mezquindades, se pone dolorosamente al descubierto, explora sus actitudes egocéntricas, abre su psiquis en canal ante sí mismo. Se encamina siempre hacia la dimensión de la veracidad. Se encara con todos sus fantasmas internos. Porque es un guerrero se enfrenta a todas sus deficiencias, se desenmascara para evolucionar. Su contienda es el cambio interno.

Alterna sensibilidad y coraje. Con sensibilidad vive todas las situaciones; con coraje supera las circunstancias adversas.

El guerrero espiritual limpia su mente. Nada de dogmas, ni de ideologías, ni de obsesiones. Todo ello le roba su brillo, su fuerza, su talante. Nada de prejuicios ni adoctrinamientos. Todo ello le roba su frescura, su destreza. Confía en la observación penetrante, más allá de los filtros y acumulaciones. Sabe que el mejor consejero es la armonía interior y la mejor lámpara la comprensión lúcida. Se apoya en la disciplina y el esfuerzo no coercitivo ni compulsivo. No se deja tomar por la rutina ni por el aburrimiento. Se desliza por una dimensión de consciencia libre de la avidez y la aversión. Sabe quemar sus falsos ropajes y disfraces. Se adiestra en la actitud amorosa, en la relación en apertura. Pone todo su empeño en desmantelar la sofisticada estructura del ego.

Cuando el guerrero espiritual se siente o se sabe solo, se conecta con el linaje de los guerreros espirituales, se siente uno dentro del círculo interno de la humanidad, toma inspiración y fortaleza de aquellos que despertaron y realizaron su heroicidad espiritual. Entonces recobra su intrepidez.

Las dificultades y contrariedades son la oportunidad de oro para el guerrero espiritual. Le estimulan a ser diestro, preciso, superar los temores, confiar en su energía para relacionarse sabiamente con la situación y apelar a su resistencia y ecuanimidad. Las dificultades le entonan, le robustecen, evitan que su ánimo se enmohezca.

El guerrero espiritual alimenta un sentido de profundo respeto por sí mismo y por los demás. No hay verdadero amor sin respeto. Respetar es no dañar, no exigir, no obligar, no agredir ni siquiera a la forma más sutil. Respetar es no manipular, no servirse de artimañas para explotar a los otros. Su actitud de respeto es una fragancia que se desparrama a su alrededor. Nunca se muestra arrogante ni mezquino, y no gusta de hallar subterfugios falaces como las culpabilizaciones propias o ajenas. No se autocompadece, no se lamenta.

Medita en la muerte como inevitable, imprevisible, irreparable definitiva, porque así potencia cada segundo de su vida y lo pone al servicio de la búsqueda. No hay tiempo que perder. Inspirándose en el mensajero divino de la muerte, fortalece su propósito, pule su actitud, no busca consuelos inútiles, no se deja seducir por las apariencias, no se pierde en futilidades, cultiva una conducta adecuada, no se enreda con mezquindades. Muere a su vieja psicología antes de que la muerte física le tome. No puede morir el que ya ha muerto.

El guerrero espiritual domina y ensaya el arte del mirar inafectado. Manteniéndose en la energía del observador, desidentificado, es libre. Esa libertad es su ganancia, su logro, su enjundia. Atestigua desde la ecuanimidad, sin tensión, sin conflicto, y procede según las circunstancias lo requieren.

El guerrero espiritual aprende a considerar a los otros, pero es indiferente a si le consideran o no. Como está en el intento de superar la autoimportancia, la infatuación y las actividades egocéntricas, no se resiente ante los juicios adversos, censuras, burlas o insultos. No necesita insuflar su imagen idealizada. Se adiestra en el amor consciente, el que pone los medios para que los demás también completen su evolución y sean felices.

El guerrero espiritual hace su sendero de momento en momento. Es la suya la senda sin senda. Se sirve de claves para desarrollar la consciencia. Cultiva la paciencia porque no espera otra cosa que aquello que ocurre y porque presiente el momento como el mejor para la realización. Cultiva la energía, porque sin ella toda apertura es imposible y el miedo hace mella una y otra vez. Cultiva la confianza en la Enseñanza, porque sin ella es como el amante que se extravía al no disponer de su amada. Cultiva la ecuanimidad como la cualidad de cualidades, como el equilibrista que se entrena para no precipitarse a uno u otro lado. Se asemeja al riachuelo que, sagaz, sabe hallar los puntos de menor resistencia para seguir fluyendo hacia un cauce más generoso. Se parece a ese cielo que sabe permanecer en sí mismo sin que las nubes consigan arrastrarlo. Es como la montaña firme, sólido y consciente, y como la nieve esponjosa, poroso y amable. Está en continuo aprendizaje y busca el signo más allá del signo.

No se ofende, no se irrita, no recoge los insultos de los otros, pero es resistente en su no violencia, inquebrantable en su pasividad. No desperdicia su energía en mezquindades.

El guerrero espiritual gusta de ponerse al borde del precipicio para que todos los resortes de intrepidez le vengan a la mano. No pierde jamás la consciencia, porque sabe que la negligencia es el pasadizo hacia la total oscuridad. Si la angustia le toma, en lugar de contraerse, pone su osamenta en manos de la energía cósmica; si el miedo le aborda se establece en el testigo inafectado. Aprende a escuchar la voz sabia de su cuerpo, su mente y su corazón. Vela, sin apego, por su bienestar físico y mental. No desaprovecha sus energías. Cuenta con la atención bien dispuesta como el gran rival del desequilibrio y el desorden. Está presto para no dejar pasar la bandeja de la providencia.

El guerrero espiritual aprende a desestructurarse para volverse a estructurar en el nivel que precisa. La disolución no le espanta; sabe que es una fisura hacia lo Inmenso. Reconoce los distintos niveles de percepción y sabe en cuáles debe confiar y en cuáles no. Descubre que más importante que aprender es desaprender, que aún más importante que ser es no ser. Se propone despertar al sueño psicológico. Desconfía de las leyes hechas por los hombres dormidos, las reglas fabricadas por las embotadas mentes de los dirigentes. Sabe que nada hay tan peligroso como el dogma y la creencia ciega. Aprecia más que nada la ternura y sabe que lo mejor que puede hacer por los otros es amarlos conscientemente.

Lo peor que puede hacer un guerrero espiritual es traicionarse a sí mismo, traicionar su fortuna de ser un guerrero; traicionar su destino. Ha adquirido un compromiso. Debe velar sus armas místicas para completar su evolución consciente, ¿Qué peor enemigo puede haber para él que él mismo si se traiciona?

El guerrero espiritual no alimenta ilusiones. Sabe que en el espacio externo la mayoría de los eventos escapan a su control. Apunta hacia su mente y es su mente la que trata de cambiar. Emprende la revolución interior. Se vierte en alquimista de sus profundidades. Ante lo inevitable, no guerrea; ante lo que debe ser modificado y puede ser modificado, lo modifica. No cree en las palabras. Todo está dicho, pero nada está hecho. Cree en la actitud impecable y en los actos que se corresponden con ella. Mira la vida como un carnaval y no se deja confundir ni persuadir por sus disfraces. Toma la vida por asalto. Cierra los oídos a los elogios y a los insultos. Embellece su mente con emociones positivas. No hace de su mente un estercolero ni de su corazón un erial. Limpia su hogar interior y lo abre de par en par a los otros.

Si algo no debe ser jamás un guerrero espiritual es mezquino. La mezquindad descalifica al guerrero. Debe hallarle el gusto a la generosidad. Nada hace al guerrero tan apuesto como la generosidad. Pero su generosidad jamás es debilidad. Nunca se presta a manipulaciones, exigencias o reproches de los otros.

El guerrero espiritual es un peregrino en la vía láctea hacia el Conocimiento. Su mayor inspiración es la libertad interior. Camina codo con codo con todos los guerreros espirituales de la tierra. La no violencia es su fuerza más poderosa. Cada momento de paz infinita es su recompensa más elevada. Sabe que al nacer a esta vida murió a otra forma de ser y que al morir en esta vida nacerá a otro modo de ser. Porque no tiene armadura y es como el espacio, se siente seguro: no hay dardo que puede herirle. Camina veloz, pero no se impacienta. No se agota, aunque mucho se fatigue, porque dispone de toda la energía de la corriente de consciencia despierta. Forma un eslabón en la inmensa cadena de los guerreros del espíritu. Aboga por la tolerancia y la indulgencia. No cree en las espadas ni en las lanzas, pero confía en la bondad primordial de los seres humanos. Toda criatura viviente habita en su propio corazón. Porque se sabe incompleto aspira a la Unidad.

El arte de la guerra espiritual ha florecido en todas las épocas y latitudes. Tiene más de cinco mil años de historia y la primera tradición del guerrero espiritual apareció en la India. Desde hace más de cinco milenios, desde antes de los Vedas, el guerrero espiritual de la India ponía las condiciones y los métodos para acrecentar la consciencia, ampliar la comprensión, desarrollar la semilla de iluminación y procurarle el significado más alto a la existencia.

Extraído de La página de la vida

Escrito por Rubén
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Comentarios

  1. El guerrero espiritual...¡pero qué tremendamente difícil es ser un guerrero espiritual! Mi meta es, a lo sumo, arreglarles los zapatos desgastados por el pedregoso camino de la vida que recorren tales guerreros.

    Juanan — 14-06-2007 23:39:22


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