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:: Mutantes ::

Ligero de equipaje

Archivado en General • Fecha: 30-04-2007 18:21:09

[...]Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar
[...]

Fragmento de Retrato, de Antonio Machado

[...]Si cuanto con trabajo conseguisteis
a un solo golpe lo arriesgáis de suerte
y si sabéis, perdiendo, vuestra vida
hacer que en el principio recomience
[...]

Fragmento de If, de Rudyard Kipling


Etimológicamente, diálogo significa ir más allá de la palabra (dia="más allá" + logos="palabra"). La paradoja está en que nos resulta difícil concebir un diálogo sin palabras. Sin embargo, la misma palabra diálogo sugiere que, si nos queremos comunicar, tenemos que hacerlo desde algún sitio más profundo que nuestra mente. Si no lo hacemos, actuamos como marionetas sordas al servicio de nuestro ego y utilizamos a los otros sólo como instrumento para hablar de nosotros mismos. Los utilizamos como excusa para autobombearnos. Mantenemos diálogos de sordos, en realidad monólogos en los que además cada uno dice una cosa diferente a la que piensa, y que luego el otro interpreta de acuerdo a sus propios prejuicios o condicionamientos cerebrales. Manejados por la mente, nos cegamos ante la posibilidad de hacernos notar. Si alguien nos contradice, la disputa se convierte entonces en una guerra por tener razón. Puede que no haya violencia física, pero la raíz es la misma. Defendemos nuestras ideas porque nos definen, creemos que somos lo que pensamos y nos ponemos en tensión tratando de imponer nuestro punto de vista. Si hay tensión y agresividad en la palabra es porque anteponemos el tener razón al deseo sincero de que el otro comprenda. Para llegar a una verdad no debe importar quién tenga razón, ni debe influir lo que a priori crea cada uno. Hay una diferencia abismal entre la mansedumbre del que fluye para adaptarse, tratando de comprender y de hacerse entender, sin deseos de defenderse ni imponer nada, y la rigidez del que defiende sus ideas sin intención de soltarlas. Esa rigidez es la raíz de la violencia.

El entendimiento, si es que es posible, debe partir de la escucha sincera. Para comunicarnos, hay primero que aligerar el equipaje que llevamos a cuestas y escuchar. Olvidarnos de que somos alguien y convertirnos en receptáculo vacío de lo que percibimos. Morir a lo que uno trae encima como losa pesada y hacer un hueco entre todos para llegar a algún puerto común. Esto es muy difícil, y exige una gran atención. Lo es porque, en definitiva, no tener razón es como morir. Nuestro ego lo siente como algo que amenaza con arrebatarle su identidad. Y entonces se opone a una auténtica escucha que suponga su retirada y ponga toda la atención en captar el momento. No sólo atención a las palabras, sino una atención total que parta del propio silencio y que trate de captar aquello que subyace y que está más allá de las palabras, entendiendo que éstas son sólo símbolos y nunca aquello que expresan. Depende de nosotros cargarlas de significado y tratar de vivir aquello a lo que apuntan. Sólo así, ligeros de equipaje y dispuestos a soltar, podemos descubrir.

Hay una bonita historia acerca del nacimiento del Zen. Dicen que el Buda Sakyamuni se encontraba junto a un lago en el Monte Grdhakuta, y estaba preparado para dar un sermón a los discípulos que allí se reunieron para oírlo hablar. Mientras esperaba a que sus estudiantes se acomodaran, se fijó en un floreciente loto dorado en las fangosas aguas cercanas. Sacó del agua la planta -la flor, el largo tallo y la raíz. Entonces la sostuvo en alto para que sus estudiantes pudieran verla. Durante un tiempo se quedo ahí, sin decir nada, sosteniendo en alto el loto y mirando a las palidecidas caras de su audiencia.

De repente, su discípulo Mahakashyapa sonrió. ¡Había comprendido!
La historia dice que así nació el Zen.



Fragmento de la película Un Buda, de Diego Rafecas

Escrito por Rubén
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