Cuando te miro, si no te veo, es porque no me veo. Si me viera te amaría, porque te vería en mí. No me juzgues por ello. No me culpes, no pienses que no estoy hecho para amar. Ten esperanza. No me definas por lo que no soy. Imagíname por lo que puedo llegar a ser, por lo que ya soy tras mi máscara de víctima incomprendida. Piensa que el amor se alimenta de las cenizas del odio. Piensa que nace de la llama que consume la eterna demanda insatisfecha de mi niño herido. Un niño herido y desconfiado por la agresión de un mundo de apariencia hostil, escondido en su coraza, que hace de su corazón una fortaleza virgen y sombría, inexplorada, donde acumula un rencor que no existe sino como olvido del infinito amor oculto tras su miedo al rechazo.
No me culpes si no soy consciente de mis carencias. No quiero serlo. Si lo fuera, mi niño herido tendría que reconocer que no fue amado como debía. Tendría que aceptar que el mundo no le dio lo que merecía. Debería admitir que la sociedad, sus padres y su familia, inconscientes como él, no supieron respetar su valía irrepetible, ni verle en su auténtica naturaleza sagrada sin proyectar sus propios intereses de niños heridos. Y no está dispuesto a hacerlo. Todavía espera que al fin alguien lo ame como él siente que merece ser amado. Todavía espera que alguien le pida perdón por privarle de su libertad, por obligarle a aceptar reglas e imposiciones que no siente como propias. Se retorcerá hasta que se dé cuenta de que no depende de la mirada del otro para ser amado. Y entonces, harto de sufrir se rendirá y, actuando como un canal de ese inmenso amor que recibe sin condición, empezará a amar sin esperar nada a cambio. Dejará de estar aislado porque comprenderá que el mundo, el Universo y los otros son una extensión de su cuerpo. Entenderá entonces que el amor que da a los otros se lo da a sí mismo. Aprenderá a ver al niño herido en los demás y a perdonarlo, para amarlos por lo que son y no por lo que parecen ser.
Eduardo — 26-04-2007 20:36:23