Si una cucaracha invade tu territorio, no la mates. No la maldigas. La cucaracha no muerde, no pica, no escupe, no hace ruido, no deja huellas ni excrementos. Es como una sombra que se desvanece con la humildad del que llega sin ser llamado y arriesga su vida en algo necesario. Alégrate y bendícela, porque gracias a ella puedes aprender a reconocer la suciedad. Refléjate en ella y aprende: no tiene miedo de ir a donde los demás no quieren, para limpiar por ellos lo que no supieron limpiar. Si te ciegas por su apariencia y la quieres matar, hazte consciente de que te invaden miedos infundados, carentes de realidad, que te hacen ver peligros allí donde hay ayudas, riesgos donde sólo hay oportunidades.
La cucaracha es como tu enfermedad. Ámala, porque aunque aparentemente te puede matar, es lo que te ayuda, si la reconoces como aliada, a ver tus carencias y disolverlas.