La verdadera revolución no será televisada. No viene anunciada por fuegos de artificio ni grandes estruendos. La verdadera revolución está en cada gesto, cada mirada, cada respiración en las que brillan la conciencia y la gratitud por cada segundo vivido. La verdadera revolución no se exhibe, no busca empezar por afuera, no persigue elogios. No busca adaptar el mundo a su supuesta necesidad, lo acepta tal cual es y abrazándolo como suyo lo ama con la humildad de saberse parte única y necesaria. No busca el protagonismo, prescinde de méritos porque sabe que sola nada puede. Entiende que algo más grande la guía y, vaciándose, se pliega para que fluya a través suyo. No se define, porque sabe que si se entrega al cambio y a su propia muerte su horizonte se amplia hasta el infinito. No impone, acepta el error pero aprende de él, no se hace víctima del escepticismo estéril. Renuncia a la apariencia y al autoengaño porque entiende que conspiran para que entre en la lucha suicida de querer ser superior creándose enemigos ajenos. No seduce, porque comprende que lo importante es que las cosas se hagan y no que ella las haga. Entiende y perdona a los demás porque se ve en ellos y en sus debilidades. La verdadera revolución no distingue entre lejos y cerca. Sabe que para llegar lejos hay que actuar en lo que está cerca,
aprendiendo a ver el milagro en cada momento y en cada detalle. La verdadera revolución eres Tú.