<<Ser celoso es el colmo del egoísmo, es el amor propio en defecto, es la irritación de una falsa vanidad.>>
Honoré de Balzac
Los celos -y la envidia- nos suelen parecer lógicos, o almenos se suelen justificar en cierta manera como lógicos, argumentando que el que quiere algo tiene que luchar por conseguirlo si no lo tiene, y enfadarse -uno diría que con motivo, por supuesto- si lo pierde. Y es verdad... El que desea algo -y cree que lo necesita- debe luchar para conquistarlo y defenderlo (¡qué desgaste de energía!), pero cabría decir que nada tiene que ver esta lucha conquistadora y defensa posesiva con el amar, y que tiene muy poco de saludable.
En eso es el castellano un idioma iluminador, diferenciando, quizás de manera inconsciente, entre querer y amar, y revelando la auténtica intención que suele haber tras las relaciones. Casi ningún otro idioma hace esta diferenciación -almenos que yo sepa-, y nosotros la hacemos
seguramente sin darnos cuenta, o por lo menos sin darle importancia. En realidad, este detalle que puede parecer insignificante refleja claramente el gran problema de la civilización que hemos construido: la confusión entre tener y ser (o entre querer tener y amar). Y lo hace porque es más cercano a la realidad decirle a alguien que le queremos y no que le amamos. Cuando uno cree que no es, busca exteriormente lo que cree que le falta. Es entonces cuando el hacer y el tener se convierten en lo más importante y se busca el propio sentido en lo exterior. Cuando esto pasa, nos movemos por las apariencias y nuestro pequeño ego angustiado lucha y busca por todos lados para encontrar lo que cree no ser.
Entendiendo esto, parece efectivamente lógico que nos enfademos y atemoricemos cuando algo amenaza con arrebatarnos lo que aparentemente nos define, aquello con lo que nos hemos identificado y que creemos que nos da sentido. Es pues lógico que aparezcan los celos y la envidia. Es lógico, pero no deja de ser una locura. La locura reside en buscar fuera lo que sólo puede estar dentro y agarrarnos a ello. No es sano hipotecar así nuestra esencia. Nada que es por definición pasajero puede dar sentido a nuestra vida, porque por su propia volubilidad nos condicionará a sufrir si no asumimos su pérdida, que se producirá más tarde o más temprano. Eso no impide que podamos disfrutar de lo que nos pasa, pero por nuestro bien es mejor que no nos identifiquemos con ello. Es precisamente cuando no lo hacemos que podemos disfrutar plenamente sin miedo a perder nada. Si no aprendemos a soltar y dejar pasar hay más angustia que disfrute.
Utilizando una metáfora, se diría que el perfume de la rosa no depende de quien la huela, y que la rosa lo seguirá exhalando aun y cuando nadie le haga caso, aunque esté sola en medio del desierto. La rosa no depende de las miradas para serlo. Ésa es su naturaleza. Así es la del verdadero amor.
Juanan — 23-01-2007 00:49:51
tania Eiriz — 21-10-2007 21:12:28
Rubén — 01-11-2007 17:56:31