
Dogo tenía un discípulo llamado Soshin. Cuando Soshin fue aceptado como novicio, era quizá algo natural que esperase recibir de su maestro lecciones de zen a la manera en que cualquier muchacho recibe lecciones en la escuela. Pero Dogo no le impartió ninguna enseñanza especial sobre el tema, y esto confundió y desconcertó a Soshin. Un día, el discípulo dijo a su maestro:
-Hace ya algún tiempo que llegué aquí, pero aún no me has transmitido ni una sola palabra respecto a la esencia de la enseñanza del zen.
Dogo respondió: -Desde tu llegada no he dejado de darte lecciones de zen.
-Qué clase de lecciones has sido ésas?
-Cuando por la mañana me traes una copa de té, la bebo; cuando me sirves una comida, la acepto; cuando me haces una reverencia, te respondo con la cabeza. ¿Qué otra cosa esperas que se te enseñe sobre la disciplina mental del zen?
Soshin bajó la cabeza por un momento, tratando de comprender las enigmáticas palabras del maestro. Éste añadió: -Si quieres ver, mira directamente y enseguida. Cuando empiezas a pensar, dejas de comprender[...]
[...]El término kufu significa, generalmente, <<buscar la salida a un dilema>> o <<esforzarse por salir de un callejón sin salida>>. <<Dilema>> o <<callejón sin salida>> puede sonar algo intelectual, pero en realidad lo que estos términos designan es precisamente el punto en el que el intelecto, habiendo llegado a su límite, ya no puede ir más allá, aunque un impulso interior empuje todavía a hacer algo por ir más lejos. Cuando el intelecto es impotente, podemos recurrir a la ayuda de la voluntad; pero la mera voluntad, por mucho que presione, es incapaz de resolver el impasse. La voluntad está más próxima a los fundamentos que el intelecto, pero está todavía en la superficie de la conciencia. Hay que llegar a una mayor profundidad, pero, ¿cómo? Este <<cómo>> es kufu. Ninguna enseñanza ni ayuda exterior será aquí de utilidad. La solución debe venir del interior. Hay que seguir llamando a la puerta hasta que todo lo que le hace a uno sentirse un ser individual se derrumbe. Entonces, cuando finalmente se abandona el ego, uno se encuentra a sí mismo. Estamos ante un recién nacido. Kufu es una especie de punzada producida por el nacimiento espiritual. Todo el ser está implicado en ello. Hay médicos y psicólogos que ofrecen una substancia medicinal sintética para aliviar esa punzada. Pero debemos recordar que, aunque el hombre es en alguna medida una realidad mecánica o bioquímica, esto de ningún modo agota su ser; siempre hay algo que no puede alcanzar la medicina. Ahí es donde radica su espiritualidad, y es kufu lo que finalmente nos despierta a nuestra espiritualidad, distinguiéndonos de la condición meramente animal y mecánica.
Extraído de El zen y la cultura japonesa, Daisetz T. Suzuki
iamato abstractonauta — 14-03-2007 12:55:09