El químico suizo Albert Hoffman cumplió recientemente 100 años. Albert Hoffman es famoso por haber descubierto, sin quererlo, una sustancia que cambió la historia del siglo XX y que supuso una auténtica revolución en el mundo de la psicoterapia, el LSD. El movimiento contracultural de los años 60 le debe mucho al ácido lisérgico, si bien no es éste el ámbito en el que, según mi opinión, se encuentra la auténtica importancia de la sustancia, sino que es en el terreno de la psicología donde su influencia consiguió abrir puertas a una manera totalmente nueva de entender la conciencia humana, dando lugar a lo que se ha venido llamando psicología “transpersonal”. Las experiencias psiquedélicas hablan con frecuencia de vivencias relacionadas con la trascendencia de la conciencia individual y su integración dentro de un orden universal mayor, así como de sensaciones extáticas y beatíficas, vividas como lúcidas, que se asocian a esta toma de conciencia. Es esto lo que hace que se utilice el término “transpersonal” para referirse a esta nueva manera de entender la terapia y la psique humana.
El gran error que se ha cometido y se sigue cometiendo con el LSD es no considerar su auténtica importancia como herramienta de autoconocimiento y crecimiento personal. Paralelamente a los fructíferos primeros intentos del uso que gente pionera, ante el rechazo de los cánones de la psicoterapia oficial, hizo de la sustancia como herramienta en tratamiento psicológico, gran parte del uso que de ella se hizo, y se sigue haciendo, no pasa de ser un mero intento de divertimento y evasión, con el peligro que ello conlleva. Es ésta una práctica –la de la superficialidad reduccionista del “pasárselo bien”– muy habitual en la sociedad que nos ha tocado vivir, pero también muy peligrosa cuando se lleva a cabo utilizando instrumentos cuya finalidad no está inscrita dentro de este hedonismo escapista. Y al hablar de peligro no me refiero en absoluto a la toxicidad de la sustancia, que es nula, aunque pueda sorprender si hacemos caso al discurso políticamente correcto y oficial, sino al peligro de menospreciar herramientas muy potentes de autoindagación personal y reducirlas a meros juguetes. Sustancias que, no olvidemos, han sido ya utilizadas por culturas milenarias como las chamánicas y consideradas como sagradas, y cuyos efectos, si bien en ocasiones beatíficos y placenteros, son en muchas otras auténticas experiencias de descenso a los infiernos personales, pues no olvidemos que, siendo como son herramientas de autoconocimiento, proporcionan acceso a los aspectos oscuros de la personalidad, a nuestros monstruos internos, que llegan a verse de manera lúcida como reales. Es este uso irresponsable el que se hizo en parte en los años 60. Aquella revolución terminó sin éxito, como todas las revoluciones, y la mayoría de sus abanderados ha acabado sucumbiendo y plegándose temerosa para entrar de lleno a formar parte del sistema que criticaban.
El sistema no cambió, pero sí hubo cierto temblequeo, lo cual explica que el gobierno, aunque sólo fuera por precaución, hiciera todo lo posible para controlar la situación y atajarla, precisamente declarando ilegal y prohibiendo cualquiera de los usos del LSD. Y aquí vino la principal pérdida, porque si bien la sociedad no estaba ni sigue estando madura para hacer un uso responsable y libre de este tipo de sustancias, en ámbitos terapéuticos su uso ha dado y sigue dando –con sustancias con efectos similares al LSD– excelentes resultados en el tratamiento de todo tipo de problemas psicológicos. Y dentro de este tipo de problemas estamos todos englobados, porque se trata aquí más de facilitar el crecimiento personal y la mutación de conciencia, en los que todos podemos tomar parte, que no de solucionar lo que la medicina oficial llama “enfermedades” basándose en un más que dudoso criterio.
Fue Stanislav Grof uno de los pioneros en el uso del LSD como herramienta terapéutica, obteniendo excelentes resultados con todo tipo de personas, incluido él mismo. Stanislav sigue involucrado de lleno en el terreno terapéutico, si bien ante la prohibición del LSD tuvo que reorientar su manera de proceder. Para ello desarrolló una técnica denominada respiración holótropica, que consiste únicamente en acelerar el ritmo de respiración durante periodos prolongados de tiempo y con la cual, sorprendentemente, se obtienen experiencias similares a las proporcionadas por el LSD. Ello pone de manifiesto que no es la sustancia la que nos hace experimentar este tipo de percepciones transpersonales, sino que se trata de nuestra condición psíquica de base, de la estructura profunda de nuestra conciencia. Y que, en definitiva, la sustancia no es lo importante, sino únicamente uno de los medios para llegar a experiencias de autoconocimiento y crecimiento personal.
Stanislav Grof ha escrito varios libros relacionados con estos aspectos. Recientemente he leído posiblemente el más famoso, “La tormentosa búsqueda del ser”, que escribió junto a su mujer Cristina, en el que trata acerca de crisis que muchas personas han vivido a lo largo de la historia y siguen viviendo, a las cuales engloban dentro del concepto de “emergencias espirituales”, por ser experiencias –mucho más frecuentes de lo que a priori pueda parecer– que a la postre se demuestran de crecimiento y desarrollo personal, sobre todo si son tratadas adecuadamente. Es aquí donde su planteamiento hace hincapié, denunciando el tratamiento que muchas veces hace la psiquiatría oficial de este tipo de personas considerándolas mentalmente enfermas –cuando en realidad es más bien todo lo contrario–, impidiendo así sacar el enorme beneficio que se podría conseguir, y que de hecho han conseguido él y su mujer en muchísimos casos a lo largo de décadas de experiencia terapéutica. El tipo de experiencias que tienen lugar en estos casos son análogas a las que ocurren asociadas a la toma de LSD, con la diferencia de que ocurren en estos casos totalmente de forma natural y descontrolada, sin que la persona pueda tener un control sobre el momento y la intensidad con la que aparecen, imposibilitando en muchas ocasiones que puedan llevar una vida normal, con todos los problemas de desadaptación que ello produce ante los prejuicios familiares, sociales y culturales con los que se enfrentan. Libros como éste deberían a mi juicio formar parte del plan de estudios obligatorio, que parece alejarse cada vez más de este tipo de realidades. A continuación, transcribo un fragmento del mismo:
<<[…]cuando a dichas secuencias se les permitía seguir su curso natural, los resultados terapéuticos trascendían todo lo que había visto hasta la fecha. Síntomas complejos que habían resistido meses e incluso años de tratamiento convencional a veces desaparecían tras experiencias como la muerte y el renacimiento psicológicos, las sensaciones de unión cósmica y secuencias que los clientes describían como recuerdos de vidas anteriores[…]
[…]Traté de cartografiar los territorios del ámbito de la experiencia que se nos hacían accesibles a través de la acción catalizadora del LSD. A lo largo de varios años, dediqué todo mi tiempo al trabajo psiquedélico con pacientes a los que se había dado distintos diagnósticos clínicos, configurando un archivo detallado de mis propias observaciones y recopilando sus propias descripciones de las sesiones. Creía que estaba creando una nueva cartografía de la psique humana. Sin embargo, cuando completé un mapa de la conciencia que incluía los diferentes tipos y niveles de las experiencias que había observado en las sesiones psiquedélicas, me di cuenta de que aquello resultaba nuevo sólo bajo la perspectiva de la psiquiatría académica occidental. Era evidente que había redescubierto lo que Aldous Huxley denominaba “la filosofía perenne”, una comprensión del universo y de la existencia que había surgido, con pequeñas variantes, una y otra vez en distintas culturas y periodos históricos. Mapas similares se conocían en diversas culturas desde hacía siglos e incluso milenios. Los distintos sistemas de yoga, enseñanzas budistas, el vajrayana tibetano, el shivaísmo de Kashmir, el taoísmo, la Cábala o el misticismo cristiano son sólo unos pocos ejemplos.
Tuvo que pasar otra década antes de que se hiciera evidente que la ciencia tradicional estaba sufriendo una revolución conceptual de grandes proporciones que no tenía precedentes. Los cambios radicales introducidos en la visión científica del mundo por las teorías de la relatividad de Einstein y la teoría cuántica se habían visto seguidas también por profundas revisiones en muchas otras disciplinas. Empezaron a establecerse nuevas conexiones entre la psicología transpersonal y el punto de vista científico emergente que empezó a conocerse como el “nuevo paradigma.”
Hoy en día aún carecemos de una síntesis satisfactoria de estos desarrollos, que están reemplazando viejas formas de pensar sobre el mundo. Sin embargo, el impresionante mosaico de nuevas teorías y observaciones que ya están a nuestra disposición, sugiere que en un futuro los viejos/nuevos descubrimientos con relación a la conciencia y la psique humana se convertirán en parte integral de una visión científica amplia.
Tres décadas de estudios detallados y sistemáticos de la mente humana mediante observaciones de estados no-ordinarios de consciencia en los demás y en mí mismo me han conducido a algunas conclusiones radicales. Actualmente creo que la consciencia y la psique humana son mucho más que un producto accidental de los procesos fisiológicos del cerebro; son reflejos de la inteligencia cósmica que impregna toda la creación. No somos simplemente máquinas biológicas y animales muy evolucionados, sino también campos de conciencia sin límites, que trascienden el tiempo y el espacio.
En dicho contexto, la espiritualidad es una dimensión importante de la existencia, y ser consciente de este hecho es algo deseable en la vida humana. Para algunos, dicho proceso adopta la forma de experiencias desacostumbradas que en ocasiones pueden ser dramáticas y transtornantes; se trata de crisis de transformación, para las que Christina y yo hemos creado el término de emergencias espirituales.>>
La tormentosa búsqueda del ser, Stanislav y Christina Grof
Por último, incluyo un vídeo que he encontrado en google video. Corresponde a un programa de Las Noches Blancas, que presenta y dirije semanalmente Fernando Sánchez Dragó en Telemadrid, en el cual, con motivo de la conmemoración del centésimo aniversario de Albert Hoffman, se abordaron estos temas:
Eric — 12-08-2006 23:20:19
Rubén — 21-08-2006 22:58:46