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La enseñanza de la historia

Archivado en General • Fecha: 01-04-2006 05:21:54

<<Puede que los romanos temieran a los prodigios, pero a ojos del mundo ellos mismos eran un prodigio. El más aterrador de todos, o así lo advertía la Sibila. Tenía una visión sombría del ascenso a la grandeza de la República. Antiguas ciudades, grandes monarquías e imperios famosos serían barridos. La humanidad conocería un solo orden, una superpotencia reinaría suprema. Pero todo ello no llevaría el advenimiento de la paz universal. Ni mucho menos. En su lugar, el destino de los romanos sería ahogarse en su propia grandeza. <<Se hundirán en un pantano de decadencia: los hombres dormirán con los hombres, y los niños serán prostituidos en los burdeles; surgirán disturbios civiles y todo caerá en la confusión y el desorden. El mundo se verá asolado por muchos males.>>

Auge y caída de la republica romana, Tom Holland


En este libro, Tom Holland hace una exposición detallada y reveladora de los entresijos de la república romana, haciendo hincapié en los turbios intereses partidistas y ambiciones que llevaron a su decadencia y caída. El imperio romano finalizó de hecho con la caída de la república y no después. Es este hecho el que marca una decisiva pérdida de libertades civiles en pos de una esclavitud castrante, situando el devenir del gobierno fundamentalmente en las manos de un emperador con cargo vitalicio. Hasta ese momento, las ambiciones personales habían sido acotadas prudentemente mediante unos principios de relativa libertad e igualdad de oportunidades. Para ello, se habían fundado instituciones como el Senado y se había establecido un gobierno consular de un año no prorrogable y ejercido por dos miembros con igual rango de poder, intentando evitar así que surgiesen síntomas de gobierno absoluto.

Aunque podemos decir que este proceso de pérdida de libertades fue progresivo, el hecho clave ocurre en el 49 aC, cuando César cruza el Rubicón y se inicia una guerra civil que finaliza con el triunfo de éste y su acceso a un poder absoluto sobre el imperio romano. Este hecho marca el fin real de la república, ya que las libertades civiles y las instituciones que las representan como el Senado pasan a ser conceptos vacuos sin incidencia real. Es por ello que en la actualidad utilizamos la expresión ''cruzar el Rubicón'' para referirnos a etapas decisivas de nuestra vida. Y aunque cronológicamente hablando pueda parecer que el imperio romano queda muy lejos, la situación actual se parece en gran medida a la que nos relata Holland en su libro. Quizás en la actualidad la frontera del Rubicón aparezca más difusa, pero en esencia, salvando las distancias culturales, la situación política se parece alarmantemente a la que nos dibuja el autor sobre la etapa final de la república. La supuesta evolución de este siglo se ha producido básicamente en el plano tecnológico o científico, pero humanamente hablando las ambiciones siguen siendo parecidas a las de siempre, y los mecanismos utilizados para lograrlas también, con la única limitación de un supuesto sistema democrático que abre fisuras por doquier, y unos gobernantes que no dudan en utilizarlo para fomentar la ignorancia del pueblo manipulando la información a su antojo. Como decía Cicerón, y aunque parezca un contrasentido, <<el fruto de la libertad excesiva –en este caso la de los políticos– es la esclavitud>>. En este sentido, es sugerente un comentario que aparece en el prólogo del libro de Holland:

<<Así pues, Roma siempre ha sido interpretada y reinterpretada desde la perspectiva de las diversas convulsiones que ha ido sufriendo el mundo. Syme era heredero de una larga y honorable tradición, una tradición que se remontaba hasta Maquiavelo, que extrajo de la historia de la República lecciones tanto para su Florencia natal como para ese tocayo del destructor de la República, Cesare Borgia. <<Los hombres prudentes suelen decir –y no lo hacen impulsivamente ni sin buenos fundamentos– que aquel que quiera conocer lo que será debe reflexionar sobre lo que fue, pues todo cuanto sucede en el mundo en cualquier época guarda genuina semejanza con lo sucedido en tiempos antiguos.>> Si bien ha habido épocas en que esta afirmación podía parecer disparatada, también las ha habido en las que no, y, sin duda, la nuestra pertenece a este último grupo. Roma fue la primera y –hasta hace poco– la única república en lograr elevarse hasta una posición de potencia mundial, y, desde luego, cuesta pensar en un episodio de la historia que ilustre mejor lo que acontece en nuestros días. En el espejo que nos ofrece Roma no sólo podemos distinguir los vagos contornos de la geopolítica, la globalización y la pax americana, aunque sean borrosos y distorsionados, sino que el historiador de la República romana no puede evitar cierta sensación de déjà vu al contemplar nuestras propias modas y obsesiones, desde las carpas koi hasta los cocineros famosos, pasando por los políticos que fingían ser hombres del pueblo.

En este último sentido, añado otro comentario del libro, quizás más secundario, pero cuya descripción me sorprendió reflejando hasta qué punto las cosas siguen en muchos aspectos igual que en los tiempos romanos:

<<Este factor añadía una nueva complicación al ya de por sí extraordinariamente complejo mundo de las ambiciones masculinas. Las cualidades que se requerían para triunfar en este nuevo territorio eran precisamente las que siempre se habían despreciado en la República. Cicerón, que no era muy dado a las fiestas, las enumeró con todo obsceno detalle: habilidad para el <<libertinaje>>, <<amo-ríos>>, <<pasarse toda la noche despierto al son de la música muy alta>>, <<acostarse con muchas>> y <<gastar dinero hasta arruinarse>>. La vergüenza definitiva, la marca inconfundible de ser un depravado peligroso, era bailar bien. A ojos de los tradicionalistas no había nada más escandaloso. Una ciudad que permitiera que se instaurara una cultura del baile estaba, sin duda, al borde del abismo. Cicerón llegó a afirmar, sin el menor asomo de rubor, que el baile había sido lo que había acabado con Grecia. <<En los viejos tiempos –atronaba–, los griegos intentaron acabar con ello. Reconocieron que se trataba de una plaga mortal que poco a poco pudriría las mentes de sus ciudadanos porque introducía en ellas ideas y manías perniciosas, y luego, de súbito, traería la ruina total de una ciudad.>> Según este diagnóstico, Roma estaba en grave peligro. Para los juerguistas, la señal de que una noche fuera iba bien, y de que la ciudad estaba al último grito, era emborracharse hasta el éxtasis y luego, con el acompañamiento de <<gritos y chillidos, de los silbidos de mujeres y de música ensordecedora>>, desnudarse y bailar locamente sobre las mesas.>>

Escrito por Rubén
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