<<Nadie es una isla completa en sí mismo; cada hombre es[…] una parte de la tierra; […] la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la Humanidad. Por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti.>>
John Donne, poeta inglés
Sólo podrá haber paz cuando seamos conscientes del todo, no sólo intelectualmente como idea sino como vivencia auténtica, de que todos estamos unidos, más aun, de que en el fondo somos lo mismo. Cuando eso suceda, dañar a alguien –no sólo de acto, sino también de pensamiento o palabra– será algo antinatural, porque nadie puede ser tan necio como para hacerse daño a sí mismo. Ésa es la única fórmula para la paz, y de nada sirve manifestarse contra la guerra ni declararse pacifista si luego no se refleja en la actitud diaria, si deseamos el mal a nuestro vecino o nos creamos “adversarios” ficticios. La paz tiene que vivirse, no pensarse. Cuando se vive, los enemigos se diluyen, toda intención de violencia explícita o implícita cesa. Y sin paz no puede haber amor. Es por eso que <<no hay un camino para la paz, la paz es el camino>> (Gandhi). Un camino que empieza por uno mismo, pues es una quimera erigirse en defensor de la paz mundial si no se está en paz con uno mismo. La paz mundial, como cualquier cambio social real, será un hecho cuando sea una vivencia real en cada individuo. Sin ese paso, como ya se ha demostrado, las hipócritas propuestas políticas o manifestaciones sociales serán sólo castillos en el aire.
Y aunque esta afirmación respecto a la conexión e igualdad esencial de todos y de todo pudiera parecer más filósofica que física, <<lo cierto es que la ciencia moderna ha comprobado experimentalmente la realidad de fenómenos que son inexplicables para ella, no sólo en Parapsicología, sino también en Zoología y en Física, los cuales sólo pueden explicarse dentro de una Metafísica que afirme la condición mental y unitaria del mundo material. Así por ejemplo el caso, estudiado por el entomólogo J. H. Fabre, de la Saturnia pyri, la extraña mariposa cuya hembra no se sabe todavía por qué medio material atrae a los machos desde distancias enormes. O el caso de los caracoles que, bastante tiempo antes de que llueva, suben por un arbusto hasta la distancia exacta que alcanzará el agua del río cuando varios días después se desborde por efecto de la lluvia. O el de los animales de cierta isla del Pacífico que, después de haber sido trabajosamente entrenados, aceptan tomar determinados alimentos que antes rechazaban… y entonces los aceptan también otros animales de su misma especie, que no sólo no habían sido entrenados, sino que estaban en otra isla muy distante de la primera y sin comunicación alguna con ella. O el de determinados insectos que se protegen posándose en un tallo de modo que entre todos toman la forma de una flor con unos pétalos de bello colorido. Sin embargo, un insecto es sólo un poco de agua con azúcar; no posee un sistema nervioso como el nuestro que le permita predecir el futuro ni coordinar su actividad. En la Física cuántica, se observan fenómenos que parecen indicar que ciertas partículas se coordinan entre ellas de un modo inteligente, a distancia y sin comunicación alguna. Sería casi interminable una lista de casos como éstos, que deberían provocar el asombro de los científicos (Luis Martos: En busca del universo invisible)>>.
Es decir, esta igualdad y relación no se limita sólo a los seres humanos, sino a todo lo que conforma el mundo material. Ese matiz constituye una base que amplía la paz, y por ende el amor, extendiéndolos a toda la Tierra, y legitima la consideración de ésta como una entidad viva, como hizo por ejemplo James Lovelock en su hipótesis Gaia. En este sentido, me viene a la mente la carta del jefe indio Seattle al presidente Monroe, que ejemplifica maravillosamente la vivencia de esta realidad, y que constituye un magnífico tratado de conservacionismo. Una carta que bien merece ser leída y releída. Dos siglos después, su mensaje es, por desgracia, tan actual y necesario o más que entonces:
<<[...]Todas las cosas están ligadas. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos. De una cosa estamos bien seguros, la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado. El hombre no tejió la trama de la vida, él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo[...]>>.
Juan Antonio Aguilar — 01-02-2006 14:56:03