El otro día hablando con un amigo surgió otra vez el tema de cuál es el auténtico sentido de la evolución humana. Es un tema que se suele malinterpretar, y cuya consideración es crucial para entender el verdadero significado de la mutación humana.
Desde un punto de vista superficial, podemos ver cómo el cerebro humano ha ido evolucionando hasta llegar a su forma actual, en la cual conviven de manera más o menos diferenciada tres partes: una base reptiliana, un cerebro mamífero en una segunda capa y el córtex en la superficie. El tamaño del córtex ha ido aumentando a medida que el hombre se ha ido haciendo más astuto, más ingenioso, más erudito, pero la base animal ha seguido predominando en su manera de actuar.
Porque, si consideramos el tema con profundidad, ¿en qué sentido se ha estado manifestando la evolución? Podríamos decir que hasta ahora la evolución humana ha consistido básicamente en una expansión cuantitativa del cerebro a través de la acumulación. Este patrón de conducta proviene del instinto básico de supervivencia, surgido a partir del miedo animal que lleva a forzar la maquinaria del cerebro en búsqueda de seguridad. Esta conducta animal ha adquirido proporciones gigantescas debido a la astucia del cerebro humano, que en este sentido sí ha evolucionado mucho. Es el modelo que ha predominado hasta ahora, y el mundo atormentado de hoy es el reflejo de esa actitud.
Pero lo que no se suele percibir en general es que esta clase de evolución cuantitativa no puede en ningún modo producir una auténtica transformación, una revolución total que permita la aparición de un nuevo ser humano. El salto cualitativo, que es el que marca una auténtica mutación, no llega dentro de este patrón temporal que presupone que a base de ir acumulando se llegará eventualmente en el futuro a un estado superior. La mutación llega cuando se descarta totalmente el patrón acumulativo como intento de buscar seguridad en la identificación con el mundo material, ya sea a través de objetos o de ideas. Este patrón interno es el que se manifiesta en comportamientos como la competencia, la envidia, la comparación o la ambición. Y también externamente en las guerras, así como en todos los nacionalismos y divisiones políticas, religiosas y sociales.
Que todo este conflicto se sigue manifestando es un hecho obvio, aunque a veces se haya maquillado y reprimido. Pero, quizás porque nos gusta pensar que somos seres muy evolucionados, nos cuesta reconocerlo como tal. Basta con echar un vistazo a un libro de historia del siglo XX para ver que, si bien la evolución ha sido tremenda en el plano tecnológico, seguimos siendo psicológicamente tan o más bárbaros que hace miles de años. Y el problema es ahora más grave porque el hombre se ha vuelto más astuto.
No es llenando ni forzando el cerebro que llegará la nueva raza humana. Se manifestará cuando el cerebro mute celularmente y cambie cualitativamente su manera de funcionar al darse cuenta de su comportamiento autodestructivo, poniendo así fin al incesante conflicto interno que lo ha ido degradando a lo largo de tantos años. Sólo así puede surgir algo nuevo, un ser humano totalmente diferente en todos los ámbitos. No en vano es a esto a lo que se refirió y dedicó Krishnamurti durante toda su vida de forma inigualable.
De momento, esta actitud sigue siendo minoritaria, como se refleja por ejemplo en el discurso de los políticos, que empujados por el sentir general buscan crecer y progresar continuamente, sin pararse a considerar si tiene algún sentido. Hoy en día progreso y progresismo son palabras que se utilizan continuamente para simbolizar un supuesto proceso de mejora, pero nada tienen que ver con la mutación.
Leyendo El secreto del electromagnetismo de los alimentos, de Nicolás Capo, encontré un comentario que enlaza con lo dicho:
<<[...]El problema es muy delicado, atrevido, sutil, maravilloso e interesante, por lo osado, como todo lo que se refiere a ese arcano y enigmático centro intelectual y mental del cerebro del hombre, el Homo sapiens. Cuando tenía 21 años <<veía>> estos temas de modo muy distinto, pensando que todos los cerebros eran iguales, solamente había que instruirlos, educarlos, eruditizarlos para que fueran geniales. Hoy, a los 65 años, comprendo el problema de muy distinto punto de vista.
Un hombre de 21 años puede pensar que el cerebro (de cualquier raza que sea; blanca, amarilla, cobriza, negra), alfabetizado e instruido, puede llegar a despuntar hasta donde llega el que más.
Sí ¡de acuerdo! Pero es en cuanto al relativo desarrollo intelectual, no al espiritual, pero no a la creación sutil mental. No es cuestión cortical, es cuestión selectiva sutilísima, podríamos decir: humana, superhumana. Y es que vemos que hay hombres que no son hombres sino bestias, aunque hayan cursado estudios en grandes academias. Por otra parte,
vemos que hay hombres que no son hombres, sino superhombres, y no ya en intelecto, en terminismos, en literatura, sino en creación moral y en conciencia espiritual.
Y ése es el hombre evolucionado. No quiero citar casos ni nombres, el lector inteligente y mejor aún, el intuitivo, lo comprende bien y lo constata. <<Es en el infinito que platican los dioses>>.
Éste es un tema de carácter libre, comentado al margen de los conceptos aceptados oficialmente, una imagen de una vibración (en la voz del silencio) del <<hombre interior>>.
El gran pensamiento del siglo XIX, creía que el mundo era una ecuación de materia con la idea de combatir las supersticiones del hombre en la noche de las edades pasadas, creando mitos y sacrificios de sangre humana. Está bien. Estamos de acuerdo, ateniéndonos a esa razón de
racionalizar un poco al hombre de la caverna, lo podemos amitir momentáneamente, parentéticamente. Pero es que el siglo XX comienza a decirnos que no hay materia ni espíritu, y que todo <<es uno>>. (Lo que está arriba está abajo, y lo que está abajo está arriba).
¿Qué es el <<uno>>?¿Para qué el espíritu y la materia?¿A dónde van? Si no existiera <<ese>> movimiento de soles siderales, galaxias, y hombres en esta esfera terráquea ¿qué existiría? ¡La Nada! Y ¿qué es la <<nada>>? Un silencio categórico que se impone. No sabemos nada: ¡Misterio!¡En el Misterio nadamos!>>
Comparado con los conceptos taoístas -del Ying y el Yang-, la idea occidental de una "dieta equilibrada" resulta simplista, superficial y a veces, para algunas personas, inadecuada. Los médicos occidentales recomiendan a todo el mundo que "tome un poco de todo en cada comida", mezclando elementos tan dispares como carne, leche, féculas, grasas y azúcar. Un consumo de comida tan indiscriminado no es muy distinto a llenar el depósito de un automóvil con una combinación de gasolina, gasoil, alcohol y azúcar. Una mezcla así no podrá arder eficazmente, proporcionará poca potencia y no tardará en atascar el motor hasta tal punto que le será imposible seguir funcionando.
El siguiente consejo le fue dado al emperador que fundó la dinastía Ming, y refleja claramente el hecho de que los antiguos chinos eran bien conscientes sobre la importancia de la ciencia de combinar alimentos.
"La comida y la bebida son necesarias para nutrir la vida. Pero si se ignora que las naturalezas de las diversas sustancias pueden ser opuestas entre sí, y se las consume juntas indiscriminadamente, los órganos vitales pierden su armonía y no tardan en presentarse desastrosas consecuencias. Por consiguiente, quienes deseen nutrir sus vidas deben evitar cuidadosamente infligirse este perjuicio."
Conocimiento esencial de comidas y bebidas, 1368 AC, Chia Ming
En Oriente, en la antigüedad, se sabía de la importancia de una correcta combinación de los alimentos. Esta sabiduría también la poseyó en otro tiempo Occidente, como lo demuestra la estricta norma mosaica de que nunca se debe consumir carne y leche en la misma comida. Aunque creo que el consumo de carne no es algo natural en el ser humano -como tampoco el de leche, salvo en el periodo de lactancia-, sino más bien un accidente evolutivo que acabará corrigiéndose, pienso que el arte de aprender a combinar cualquier clase de alimento de manera harmónica de acuerdo a su naturaleza, evitando incompatibilidades y propiciando estados energéticos favorables, es un asunto de gran importancia que normalmente pasa desapercibido.
En simple español, el Yin y el Yang de las dietas se traduce al término de trofología, del cual, sin lugar a dudas, su doctor nunca ha oído hablar.
La enseñanza de la medicina en Occidente deja mucho que desear en cuestión de nutrición, si bien actualmente existen en América y en Europa unos cuantos científicos nutricionales que, a pesar del desdén de sus colegas de la clase médica, están realizando grandes adelantos en la ciencia de la trofología.
El equivalente científico occidental del equilibrio de energías en las combinaciones de alimentos es algo que todos aprendimos en la escuela en las clases de química elemental: el equilibrio ácido/básico, o "ph". Todos sabemos que, si añadimos una medida de ácido a una medida igual de álcali, la solución química resultante es tan neutra como el agua corriente. De ahí la mala idea de tomar bicarbonato (una sustancia muy alcalina) para aliviar la "acidez" de estómago.
Está científicamente comprobado por la medicina occidental que para iniciar la buena digestión de cualquier proteína animal concentrada, el estómago debe secretar pepsina. Pero también está demostrado que la pepsina sólo puede actuar en un medio sumamente ácido, que debe mantenerse durante varias horas hasta la completa digestión de las proteínas. Otro hecho igualmente comprobado por la ciencia es que, cuando masticamos un pedazo de pan, de patata, de arroz o de cualquier otro hidrato de carbono/fécula, las glándulas salivales segregan de inmediato ptialina y otros jugos alcalinos. Después de tragada, la fécula alcalinizada necesita hallar en el estómago un medio alcalino para acabar de ser digerida por completo.
Todo el mundo puede comprender lo que ocurre, pues, cuando se ingieren simultáneamente féculas y proteínas. El estómago, en respuesta a la presencia de las proteínas y las féculas, segrega al mismo tiempo jugos ácidos y alcalinos que se neutralizan entre sí y dejan una solución acuosa incapaz de digerir correctamente ni una cosa ni otra. Lo que sucede a continuación es que las proteínas se pudren y las féculas fermentan, debido a la constante presencia de bacterias en el canal digestivo.
La putrefacción y la fermentación son las causas principales de todo tipo de problemas digestivos, como gases, ardor, hinchazón, estreñimiento, heces fétidas, hemorroides sangrantes, colitis y demás. Muchas de las llamadas "alergias" son también consecuencia directa de la mala combinación de los alimentos: la corriente sanguínea absorbe toxinas de la masa fermentada y putrefacta que llena los intestinos, y estas toxinas a su vez provocan erupciones, urticaria, dolores de cabeza, náuseas y otros de los síntomas que habitualmente se catalogan como "alergias".
Asociada a las prácticas y combinaciones inharmónicas, se produce además una disipación de energía extra dedicada a tratar con digestiones "pesadas", que por otro lado se han convertido en algo aceptado como normal en el mundo moderno. La digestión, que debería ser un proceso rápido y liviano, consume una energía que podría ser utilizada en asuntos creativos. Se contribuye así a que aparezcan los síntomas de la hoy en día tan habitual fatiga crónica.
Los mismos alimentos capaces de desencadenar una reacción alérgica cuando están incorrectamente combinados muchas veces no producen ningún efecto nocivo cuando se consumen de acuerdo con las leyes de la trofología, las cuales no sólo se refieren a las combinaciones correctas de alimentos, sino también al orden ideal en que deben ser ingeridos. La cuestión se reduce a lo siguiente: cuando inmoviliza su estómago y perturba sus funciones digestivas con el consumo de alimentos indiscriminadamente combinados, las bacterias del canal digestivo se dan una fiesta. Aprovechan todos los nutrientes y se multiplican, mientras usted se queda con los desechos y padece.
Según un reciente estudio llevado a cabo en los Estados Unidos, el varón norteamericano medio de hoy lleva en sus intestinos más de dos kilos de carne roja en putrefacción y sin digerir. Deje un par de kilos de carne en un lugar húmedo, caliente y oscuro durante unos cuantos días y compruebe los resultados de la putrefacción. El estado gravemente séptico del tracto intestinal humano constituye un caso único en la naturaleza, y aun así los médicos occidentales lo toman como normal e incluso insisten en que resulta inofensivo para el resto del organismo.
La realidad es otra. A fin de protegerse de la irritación tóxica crónica causada por las comidas mal combinadas, el colon segrega grandes cantidades de mucosidad para envolver las partículas tóxicas antes de que dañen su sensible mucosa. Cuando esto sucede en todas las comidas, todos los días, todas las semanas del año (como es lo habitual en las modernas dietas occidentales) el colon termina segregando un flujo constante de moco, que se acumula y se incrusta en los pliegues del colon. Esto produce una reducción de la luz del colon y un constante filtrado de toxinas al torrente sanguíneo, por osmosis. Cuando la incrustación de mucosidades tóxicas en el colon alcanza una presión crítica, produce una bolsa que se hincha como un globo hacia el exterior, provocando lo que se llama una diverticulosis. La colitis y el cáncer son las siguientes etapas de deterioro del colon debido a estas condiciones.
Lo ideal sería consumir una sóla clase de alimento en cada comida. Basta echar una mirada a la naturaleza para darse cuenta. Los animales carnívoros jamás consumen sustancias feculentas con la carne, aunque favorecen su digestión y de vez en cuando se purgan ingiriendo hierbas silvestres dotadas de propiedades medicinales. Los observadores de aves hace siglos que vienen comprobando que los pájaros comen insectos y gusanos a cierta hora del día, y bayas y semillas en otro momento, pero nunca a la vez. ¿Por qué ha de suponer el hombre moderno que su aparato digestivo es tan distinto al de todas las demás especies?
Prácticas extendidísimas como la ingesta de fruta detrás de las comidas -o el postre en general, incluyendo dulces- son evidencias de incompatibilidades alimenticias que se realizan a diario. Mucha gente afirma que la fruta le sienta mal. En realidad, la fruta, lejos de ser indigesta, es el alimento que más fácilmente se digiere, además de ser el más nutritivo y el que más de adecua a la naturaleza del hombre. El problema viene cuando se consume detrás de las comidas. En ese momento, la digestión se encuentra ocupada con otra cosa y la fruta fermenta produciendo malestar y transtornos, además de desperdiciarse lo que aporta. Por otro lado, los ácidos de las frutas y sus azúcares no combinan bien con las proteínas ni con los almidones. La fruta debe consumirse antes de las comidas, o mejor aún, en una comida separada. O incluso en dietas frugívoras de uno o varios días, que son excelentes purificadoras.
Fuentes:
-http://www.iniciado.com/?q=node/5
-http://www.proyectopv.org/1-verdad/1marcoscombinacionalimentos.htm
-http://comidaysalud.blogspot.com/
-http://www.scribd.com/doc/425850/Reid-Daniel-El-Tao-de-la-salud-el-Sexo-y-la-Larga-Vida
-La combinación de los alimentos, H. M. Shelton (Ediciones Obelisco)
Aprovecho la ocasión para enlazar un post sobre la clasificación de los alimentos en función de la cualidad energética que potencian. El autor es Marcial G. Camperi, alias Galaxio. Pertenece a Dieta Evolutiva, uno de los diferentes blogs que va actualizando dentro de su web.
Más allá del genuino vegetarianismo ético, muy importante, me parecen muy interesantes estudios como éste acerca de la energética que se mueve detrás de cada alimento, para poder entender así las ventajas energéticas del vegetarianismo de base crudívora, por un lado, y, enlazando con la trofología, saber por qué hay que evitar ciertas combinaciones de alimentos o cómo actuar en lo referente a la alimentación según nuestro estado energético. Todo ello deberá basarse, en última instancia, en una percepción personal de los propios estados internos que trascienda la teoría científica. Marcial lleva investigando muchos años el tema de las energías sutiles desde diferentes ámbitos. Sus percepciones y teorías me han ayudado mucho, y lo siguen haciendo.
<<Por esto os digo: no os inquietéis por vuestra vida, sobre qué comeréis y beberéis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? ¿Y de qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?>>
St. Mateo 6, 25-31
<<Cuando subiendo por un mástil llegas a su punta y no sabes dónde ir, ¿qué haces?.....Das un paso en el vacío>>
Koan zen
Tu historia personal es la que te dice quién eres, de dónde vienes y qué se espera de ti. Funciona como un programa incrustrado en el cerebro que se ha ido formando con todas las experiencias del pasado sobre la base de las influencias genéticas, familiares, sociales y culturales que has recibido. En él se incluyen rencores, placeres, deseos, éxitos y logros, pérdidas y fracasos, traumas, todo ello configurando roles predeterminados, personalidades desviadas muy comunes como la de la víctima herida e incomprendida que vive culpando al mundo de sus pesares, en una eterna demanda insatisfecha, o la del superficial que vive de cara a la galería y ha aprendido a apreciar su valor a través de la comparación, confundiendo parecer y ser. Es ésta la principal trampa que te impide ser libre y te estanca en círculos viciosos de pensamientos, emociones, deseos y necesidades con los que te identificas adoptándolos como rígidas pautas de comportamiento sin cuestionarlas seriamente. Nace de la necesidad de buscar seguridad agarrándote a muletas para encajar en algún modelo en el que poder aparentar ser alguien ante los demás. En una realidad de infinitas posibilidades por descubrir, tu historia personal conjura para atraparte en modelos y prejuicios fijos por miedo a no ser querido y aceptado. En realidad, tu historia personal no es más que una definición mental, una cárcel racional de la que en general ni siquiera sospechas estar cautivo. Identificarte con ella es comulgar con la ceguera de creer que eres lo que piensas que eres. Dejar de hacerlo significa dejar de definirte para abrir la puerta a las infinitas posibilidades latentes en ti. Cuando no crees ser nadie mueres y naces a cada momento.
Si no eres nadie no hay cuentas que rendir, ni moldes a los que ajustarte para poder ser aceptado por alguien. Si sabes que tu historia personal es sólo una ficción mental que has elaborado, un guión más o menos inconsciente de vida que sigues interpretando por miedo al
rechazo, dejas de jugar a esconderte tras máscaras que defiendan lo que crees ser, lo que crees haber conseguido. Si no te identificas a nada, eres todo a la vez, no hay nada que perder ni que ganar. El insulto y el elogio significan lo mismo, porque no hay nadie para recibirlos. La ambición no tiene sentido, porque dejas de crear imágenes para intentar definirte a ti o a los demás. Sin historia no hay futuro por el que angustiarse ni pasado que justificar. El único futuro es ahora. Das un paso en el vacío y descubres que, sin camino bajo tus pies, el espacio a tu alcance es ilimitado.
<<La aplicación intravenosa de vitamina C a altas dosis destruye las células cancerosas en cualquier lugar del organismo sin producir efectos secundarios. Así lo indican trabajos de investigación perfectamente documentados. Eso sí, su aplicación debe hacerse a través de goteo y nunca inyectarla en vena o intramuscularmente. Y debe hacerse de forma progresiva para no producir reacciones adversas. La dosis inicial recomendada es de 15 gramos diarios. Al parecer la vitamina C actúa contra las células cancerosas al provocar la producción de peróxido de hidrógeno siendo éste el que se ocupa de destruirlas mediante la generación de radicales libres. Claro que ni el producto ni la terapia son patentables y el método es demasiado barato. Y a ningún gran laboratorio le interesa por tanto que se sepa. Se lo contamos en detalle.>>
Extraído de Discovery DSalud
Aunque en según que situaciones pueda ser más difícil obtener pruebas
claras que posibiliten el consenso, en casos como éste se demuestra que, muchas veces, el problema no está tanto en obtener datos fiables, sino en ser lo suficientemente humilde y sincero como para abrir ojos y oídos a la evidencia. Ante casos así me pregunto qué pretende la medicina actual. Parece que se haya convertido en una lucha por obtener la patente de la salud. Parece que, más que pretender la sanación del paciente, se utilice su enfermedad como medio para mantenerlo dependiente y así perpetuar la propia subsistencia. En definitiva, parece que se haya convertido en un negocio que utiliza el miedo y desconocimiento con el objeto de propagar su criterio como el único válido. Lo parece... ¿Os suena de algo?
De manera análoga a lo que las religiones oficiales han hecho, y teniendo en cuenta que en estos tiempos la ciencia parece haber tomado su lugar en materia de fe, la medicina oficial parece estarnos diciendo: "fuera de la medicina no hay salud." Quizás no explícitamente, pero sí de manera implícita y, desde luego, con esa intención subyacente. Las políticas farmacéuticas lo evidencian. Esto mismo es extensible a la psicología, psiquiatría y a toda la ciencia académica en general. El planteamiento es análogo al que afirma que "fuera de la Iglesia no hay salvación." Ambos nacen del intento por mantener a la gente en una actitud sumisa y
dependiente. Se niega en ambos casos la capacidad del ser humano para ser su propio guía. Se intenta mantenerlo en una actitud de desentendimiento, forzándolo para que delege su responsabilidad y deposite su confianza en algo externo creyendo que le proporcionará seguridad.
En el campo de la medicina oficial -la medicina alopática nacida en Occidente- este hecho se refleja en la filosofía que utiliza, centrada en paliar los síntomas de la enfermedad antes que en posibilitar que el paciente comprenda sus raíces. Es decir, tratando a la enfermedad como enemiga y no como la aliada que es, olvidando que viene a ayudarnos aportándonos un mensaje indicativo de algún desequilibrio interno. Cuando el objetivo es eliminar o aliviar los síntomas se consigue sólo podar una rama o manifestación del desequilibrio dejando intacta la raíz, además de impedir actuar al cuerpo al frenar sus mecanismos de defensa natural. Mientras tanto, el conflicto continúa intacto a la espera de ser disuelto. Así se consigue perpetuar el problema y, con él, la dependencia del paciente. Esta dependencia impide que la persona se atreva a tomar las riendas de su propia vida y sanación. Se le niega la capacidad inmensa de autosanación que tiene al ser humano y se olvidan por ejemplo los principios del padre de la medicina, Hipócrates, según el cual ésta consistiría en el arte de desobstruir los canales que impiden que la Naturaleza actúe en el paciente.
Y es en esto -en la sanación entendida como arte- donde se abre la mayor brecha con respecto a la medicina moderna. El arte de sanar auténtico entiende que el paciente y su sanación son mucho más importantes que la medicina y el sanador, valora las circunstancias únicas de cada ser humano e, intentando comprenderlas, aplica el tratamiento único, específico y personal que cada uno requiere, sabiendo que no hay dos casos iguales, como tampoco hay dos personas iguales. Sabe reconocer y apreciar en cada ser humano a un universo único y misterioso. Se aleja así de la aplicación de la fórmula racional fija y mecanicista y, actuando desde la compasión, comprende con toda humildad que es sólo un canal que se encuentra totalmente al servicio del paciente, sin albergar interés propio. Es éste el que finalmente decide sanarse haciéndose responsable y cogiendo las riendas de su enfermedad, mientras que el sanador sólo dispone los elementos para que la misma Naturaleza actúe. No persigue la autoimportancia. Se olvida de sí mismo y se entrega humildemente a la obra, como todo artista auténtico.
Estos principios están más o menos presentes en otras concepciones de la medicina, como por ejemplo la china, la ayurvédica, la homeopática, la naturópata... Todas ellas tienen a priori como principal objetivo la prevención, entendiendo que si aparece la enfermedad es porque algo se ha hecho mal. Para ello, se busca promover la calidad de vida en lugar de ir subsistiendo curando síntomas a base de atacar al cuerpo. Esta actitud contempla a la enfermedad como aliada, viendo así en la Naturaleza a una maestra amiga en la que confiar y a la que dejar actuar y no a una enemiga amenazante a la que combatir.
Os recomiendo que leáis esta entrevista, donde se trata el tema de forma magnífica y muy iluminadora.
El siguiente fragmento está extraído de Linoflax:
<<En el año 460(A.C) nació, en la isla griega de Kos el fundador del primer sistema médico, HIPÓCRATES. Hipócrates falleció a la avanzada edad de 107 años[...]
[...]Para Hipócrates, la salud es el estado de armonía perfecto de fuerzas en su equilibrio. La enfermedad es la encargada de restablecer el equilibrio perturbado; es, pues, una reacción de conservación. Salud y enfermedad son dos funciones que tienen el mismo objetivo, la conservación de la vida[...]
[...] El médico, decía Hipócrates, no cura las enfermedades. Su papel debe ser el de intérprete y servidor de la Naturaleza. Es ésta -Natura Medicatrix- la que lleva a cabo las curaciones; la medicina no hace más que ayudarla, y sólo así cura. En sus obras, Hipócrates explica el fundamento de la enfermedad y la salud, que la ciencia moderna sólo empieza a descubrir. Por ejemplo, decía: "Dadme la fiebre y curaré cualquier enfermedad". Después de haber sido largo tiempo combatida como una enemiga, hoy la fiebre es oficialmente reconocida como un proceso de autodefensa del organismo.
Para Hipócrates, el cuerpo es un todo armónico cuyas partes están en mutua interdependencia y cuyos actos son solidarios unos con otros. Las diferentes partes del cuerpo, decía, cualquiera que sea la localización primitiva del mal, se lo comunican una a otra. ¿No es esta la teoría de las enfermedades reflejas, de la reflexoterapia, de la osteopatía, de la acupuntura e incluso de la iridología? Alexis Carrel, en su maravillosa obra "La incógnita del hombre", dice que éste no puede separarse en partes. Si se aislaran sus órganos, unos de otros, el hombre dejaría de
existir. Y todavía añade que el hombre es una magnífica máquina en la que cada pieza es indispensable para su total funcionamiento[...]
[...] Hipócrates, conocido como "Padre de la Medicina", es el verdadero fundador de un principio, de una doctrina médica filosófica naturista y humanista que jamás ha dejado de existir hasta nuestros días, a pesar de todas las tentativas de la medicina oficial para destruirla. Al practicar la naturoterapia no se hace otra cosa que poner en valor los trabajos de Hipócrates, que han sobrevivido a través de los siglos.>>
Los mismos principios autoritarios son extensibles a otros campos como la política, la psicología, la educación... En todos los ámbitos delegamos nuestra responsabilidad confiando en la sabiduría de algún otro. Carecemos pues de auténtica libertad para observar e indagar libremente más allá de los convenios establecidos. Libertad para negar todo y ver por uno mismo qué hay de verdad en lo que todo el mundo, incluidos nosotros mismos, damos por hecho.